miércoles 15 de agosto de 2018

Las historias de amor no siempre involucran caballos blancos ni princesas. Conocé la de Daniel y Marisel, dos trabajadores de Veladero que se conocieron entre montañas y se casaron a fines de abril.

En octubre del año 2013, se rompió una lamparita en un camión de Veladero. No salió en los diarios, tampoco llegó a oídos de los dirigentes de la empresa. Pero ese pequeño incidente le cambiaría la vida a dos sanjuaninos.

Esa tarde, Marisel Molina, una de las mujeres que manejan los camiones fuera de ruta en Veladero, llamó al área de Mantenimiento. Entonces llegó Daniel Orona y un compañero a solucionar el pequeño desperfecto. Pero ese sería sólo el comienzo de la historia nada pequeña.  

“Decí la verdad: ya me habías echado el ojo antes”, le dice Marisel mientras Daniel prepara las cosas para el mate. Desde ese primer momento han pasado años pero ellos lo recuerdan como si fuera ayer.

“Yo la veía a ella en el hotel con la Carla, una compañera mía que es secretaria de camiones. Como tienen la habitación al lado, se hicieron amigas”, asegura Daniel y continúa con su relato: “… ella llama a la tarde noche por una luz que se le había roto. Yo andaba con un compañero y fuimos, pero le dije a él que subiera al camión porque a mí me daba vergüenza”.

La historia desde el lado de Marisel es otra: “Yo recién lo vi ese día, antes no lo había registrado. No me gustaba el amigo que me estaba preguntando los datos. Yo lo miraba a él, pero me imaginaba que estaba recontra casado, como ya somos grandes…”.

Lo que sigue es un entramado de complicidades entre sus compañeros. Es que ella llamaba por alguna razón al área de Mantenimiento y lo mandaban a él.

En “la subida de enero” –porque para ellos los tiempos se miden en las subidas y bajadas de la mina- él por fin se decidió a mandarle un mensaje. El supervisor le había pasado el número.

“En el medio de todos los módulos está la sala en común. Hay sillones, mesas, una máquina de café. Ahí empezamos a juntarnos”, cuenta Marisel.

 

Las “cartas sobre la mesa”

 “Ambos sabíamos lo que queríamos. Ya éramos grandes: yo era mamá soltera, él venía de una separación. Se pusieron las cartas sobre la mesa: a ninguno le pintaba estar de novio”, asegura ella. Tan es así que lo que vendría después estaba cantado. “Nos duró muy poquito el noviazgo, un mes. ¿Un mes? ¡Un mes!”, se sorprende ella misma. Sólo necesitaron febrero para darse cuenta de que querían una vida en común. Y de eso tenemos certeza, porque ella se fija en la fecha grabada en el anillo que trae puesto.

“Para marzo estábamos viviendo juntos. Éramos dos personas buscando lo mismo que se encontraron”, dice ella. “Queríamos estar juntos para entre los dos seguir para adelante. Quisimos armar la familia”, complementa él mientras la agarra de la mano.

No es casual y Marisel tiene una explicación: “También las cosas en la mina se intensifican. Al no estar los 14 días con tu familia, todo lo hacés más grande, o le prestás más importancia a cosas que acá no”.

 

La paternidad lejos de casa

Eso mismo quizá fue lo que los motivó a agrandar la familia. “En el 2015 ya nos planteamos tener un hijo. Lo dudábamos por el trabajo, porque ahí la maternidad es todo un tema. Ya no dejábamos un niño sino que iba a dejar dos”, relata Marisel.

Y aunque Daniel aclara que ahí se pusieron “a sacar cuentas por la edad”, tiempo después llegaría Valentina a sus vidas.

Para Daniel al principio fue duro: “lo sufrí porque la licencia por paternidad no es como la madre. Te deberían dar más tiempo”, asegura.

 “Por más que uno trabaje lejos y no pueda dejar de trabajar, lo que hacemos es por ellas. Esto de irnos y aguantarte que estén enfermos y vos no estés, que le pase algo, que cumpla años y que vos no estés… pero por otro lado no debíamos negarnos la posibilidad de ser papás otra vez, si al fin y al cabo hemos formado una familia”, reflexiona ella.

 

El Gran Día

¿Por qué decidieron casarse?, es la pregunta obligada. “Aparte de que nos queremos…”, empieza ella, “él siempre tuvo el sueño de una familia constituida, con papeles y todo”.

Pero, obviamente la parte más entretenida es escuchar el cómo. Así lo relata Daniel: “Tenía todo planeadito, la iba a llevar a una cena. Compré el anillo y después la busqué a la Jose del Jardín (la hija mayor de ella). Yo había puesto el anillo en el estuche del asiento del auto, el que viene atrás, pero justo había quedado la piolita para fuera. La Jose lo agarró y me preguntó si era para ella. Le tuve que decir que le iba a pedir matrimonio a su mamá y se puso reloca. Me prometió que no le iba a decir nada. Pero llegamos a la casa, calzó el anillo y le dijo ´¡¡Mamá mamá mirá lo que tiene para vos!!´. Marisel estaba haciendo la comida y ya no me quedó otra que decirle ahí. Me rompió todo el esquema”.

Después de eso ya vino el drama de presupuestos y cotillón, entre bajada y subida a la mina. Mientras tanto, las más ilusionadas eran las chiquitas. “Jose ya nos ha casado como ochenta mil veces. Ella hace la ceremonia y nos pregunta si nos aceptamos como esposos. Me hace que me ponga el anillo y nos demos un beso”, cuenta su mamá, entre risas.

Él tiene 45, ella 36. Dieron el Sí hace muy poco, el 29 de abril. A estas alturas ya están en Villa La Angostura, para vivir su luna de miel. A su regreso deberán volver a subir a Veladero. Esta vez, más juntos que nunca.