viernes 26 de febrero de 2021

¿Está bien que la política se anime con un poco de show? ¿De divertimento tal vez? ¿Cualquiera puede hacer política? ¿Es bueno que un “outsider” de la política venga a “oxigenar” la política?

“En cada persona hay un presidente” reza una máxima estadounidense. Es posible que sirva para estimular a cada individuo pero es muy difícil que en el país del norte haya 350 millones de posibles presidentes.

“Cualquiera puede dedicarse a la política pero no cualquiera puede ser presidente”. Esta máxima que no supera la ocurrencia momentánea puede que no suene tan rimbombante pero es más realista que la otra. 

Volverán los ejemplos de personajes como Ronald Reagan, el mismo Mauricio Macri o el mismísimo Donald Trump, que no viniendo de la política terminan ocupando los máximos cargos que un ciudadano imagine jamás.

Puede que sean los ejemplos de lo que no debería ser la política: una actividad de diletantes, de aficionados que un día, por los caprichos o por el azaroso destino llegan al máximo escalón político.

Es verdad que la política tiene algo (o mucho) de arte, algo de instinto o de intuición. Y está bien que esa dimensión no se pierda.

Pero también tiene mucho de técnica y de ciencia. El mundo de hoy es demasiado complejo para que un aficionado desembarque y con toda frescura diga: “Yo quiero ser presidente”. Y los hay: Marcelo Tinelli juega con esa posibilidad. La política debe tener una relación con los medios que no sea medíatica, que no sea un show. Ser el mejor conductor televisivo (léase el más taquillero) no lo habilita ni siquiera a ser un presidente mediocre. Son dos dimensiones distintas. Demasiado distantes para ser compatibles.

Que tiene derecho a incursionar, obviamente que sí. Nadie es dueño de la política ni de un cargo, pero escuchemos a los eruditos como Platón que sostenía que el gobierno del Estado debía quedar reservado a los filósofos (los sabios, los entendidos). Por cierto, el gran maestro ateniense no se refería a los títulos sino a una actitud contemplativa y reflexiva que lo lleve al entendimiento de los temas y problemas políticos. Y para que se entendiera mejor él daba algún ejemplo: Platón preguntaba: ¿Quién debe conducir una nave en alta mar? ¿El que más dinero tiene? ¿El más fuerte? Podríamos agregar: ¿el mejor “showman”? ¿El preferido de los medios? La nave debe ser gobernada por quien más sabe, por el capitán. Del mismo modo el Estado debe ser dirigido por aquellos que tengan un conocimiento más perfecto sobre la realidad: los filósofos. Platón iba más allá y en una primera etapa, entendía que los filósofos, al no tener bienes personales no tendrían constantes contradicciones de intereses.

 

La no política de la nueva política

 

Es verdad que los políticos argentinos hicieron muchísimo para desacreditar a un arte tan imprescindible y tan noble como la política. Eso fue bienvenido por quienes quieren desacreditar la política, esmerilarla, llevarla al sucio papel de la corrupción, la demagogia y los intereses personales sobre los generales o sobre el bien común. La idea de los nuevos políticos es arrinconar a los políticos tradicionales, ponerlos en el papel de los hombres sospechados e inhábiles. La nueva política lleva al Estado a su mínima expresión para entonces sí avanzar con los CEO´s y los intereses de las corporaciones. No se trata de no hacer política sino de hacer una nueva política que concentre las ganancias en los grupos económicos aunque arruinen a las grandes mayorías. Los nuevos políticos se visten de no políticos, de asépticos y de eficientes. Y el electorado les da un cheque en blanco para operar impunemente y beneficiarse desde el Estado y con el Estado. 

 

No tanto, ni tan poco

 

Al final Tinelli, el “showman” más importante de la Argentina es solo un ejemplo para pensar y decir que así como cualquiera no puede conducir un barco, no cualquiera puede conducir un país. La política implica un conocimiento acabado de la historia, de ideologías y dentro de ella de políticas públicas posibles, de los escenarios internacionales e internos, de los presentes y futuros, de los grupos y sus intereses, de los equipos posibles y compatibles, de los liderazgos necesarios dentro las estructuras partidarias que aunque los diletantes renieguen de ellas, son el aporte y el sostén de los gobiernos.  

Los “outsiders” de la política como Silvio Berlusconi, empresario de medios, televisivo y “molto molto” conocido, o Piñera desde la antipolítica le hicieron mucho mal a la política. Se enriquecieron (siempre se puede más) y trabajaron sólo para los intereses de sus empresas.

En verdad, más que la antipolítica, los argentinos necesitamos repolitizarnos (no fanatizarnos) es decir: conocer los modelos alternativos que se presentan en las ofertas electorales para que nadie más pueda decir con tono cándido: “me engañaron” o como para zafar del error: “son todos iguales” o como para no asumir lo que hay que asumir: “yo no los voté”.

Si le damos el barco a un herrero o a una bailarina no nos quejemos si un día quedamos encallados en alguna costa. Conducir un país es algo más complicado que cortar el bretel de una bikini para hacer gala del “sex appeal” o tener una ocurrencia con el micrófono para demostrar que la picardía sigue vigente.

No es posible imaginar a Pachano, a De Brito o a Pampita en un gabinete. Tampoco a Marcelo Polino. Desde los 90 la política está demasiado farandulizada. El espectáculo necesita del espectáculo y la política de la política. Cuando esos andariveles se entrecruzan se arruina el show y se prostituye la política. 

La política no es lugar para las cámaras ocultas. Tampoco el FMI o el hambre es una jodita para Tinelli. La política no es un “reality” ahí se juega la vida de verdad, la de los hombres y mujeres de verdad.

Todos pueden participar pero muy pocos pueden ser. Antes de probarse el traje de capitán hay que demostrar que se sabe conducir el barco a buen puerto. Para eso hay que navegar más de un mar y salvar más de una tempestad.