viernes 26 de febrero de 2021

Es hora de prender la luz y nombrar a las cosas por su nombre. El sistema esconde las palabras, las renombra para que digan otra cosa. Esconde los conceptos, las esencias. Y entonces el sistema esconde su perversión y culpabiliza a las víctimas.

No es verdad que el neoliberalismo y su expresión de mercado: el capitalismo, sean solamente formas de producción o acciones y procesos que se dan en el campo económico. El sistema que beneficia a unos pocos y empobrece a la gran mayoría, necesita de manera imprescindible de un lenguaje legitimante.

Desde el inicio del Estado argentino en 1880 y hasta 1912 (año de la sanción de la Ley Sáenz Peña) el fraude fue la moneda corriente en la política argentina. Las oligarquías definían en elites muy cerradas quién sería el presidente y quién el sucesor. Por cierto, el elegido sería el que asegurara la continuidad de un modelo agroexportador, concentrado y excluyente.

Cuando por fin el país tuvo elecciones libres con el voto secreto y obligatorio se terminó con ese mecanismo perverso de engaño y encaramamiento en el poder.

En el siglo XX, la democracia fue violentamente quebrada y lejos de ser un modelo de alternancia republicana, se produjeron una seguidilla de sangrientos Golpes de Estado. El establishment sin votos ni ideas para conquistar los votos apeló de manera sistemática a una violación del sistema democrático. Con los militares como la vanguardia visible venía el establishment, adeptos al liberalismo o neoliberalismo según los tiempos y los vientos.

El golpe del 76, con los 30.000 desaparecidos sin duda fue el genocidio más violento de estos procesos cívico-militares.

 

La nueva forma de presionar y golpear

 

Ya terminado el fraude y los Golpes de Estado, el neoliberalismo se reinventa. Crea un nuevo sistema lingüístico y comunicacional. Se apodera de los medios de comunicación, y ahora, con una nueva vanguardia, con Clarín a la cabeza y un complejo y hegemónico multimedios arremete contra cualquier sistema nacional y popular. Golpeó a Alfonsín hasta quebrarlo, condicionó a Menem y De la Rúa, se alió o enfrentó a Kirchner (según sus propios intereses) y terminó en una guerra frontal contra el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.

Una vez debilitada por la guerra mediática, el establishment inventó (sin comillas) a Mauricio Macri para que trunque cualquier salida popular y le exigió cumplir con todos sus intereses de mercado: le regaló “Fútbol para Todos” a Cablevisión, aprobó la fusión de Cablevisión y Telecom (con lo cual asume el 80 % del mercado), le dio la frecuencia de Nextel, el 4G de ARSAT. Ahora Clarín tiene uno de los conglomerados más influyentes del mundo: TV abierta, cable, diarios, revistas, radios, internet y telefonía celular, en todos los casos produciendo contenidos y manejando su distribución. Si Magnetto le había dicho a Menem que no quería ser presidente porque “Ese es un puesto menor”. Imaginemos lo que diría hoy que su poder se ha incrementado en términos exponenciales. 

Pero además de encontrar los medios y los canales por donde transmitir los intereses de los grupos económicos, el establishment ha elaborado y elabora todos los días un discurso que lo legitima y le permite seguir avanzando en sus negocios y en la construcción de poder.

 

Nuevas palabras para viejos conceptos

 

Nos quieren hacer creer que “oligarquía” es una palabra antigua, que cuando Arturo Jauretche, Evita o Perón hablaban de la oligarquía terrateniente era un invento populista. Hoy hablan de “empresarios”, “emprendedores”, “emprededurismo” (como una energía vital y creadora), de “elites innovadoras”, de “vanguardias del marketing”. Todos inventos lingüísticos para esconder la nueva oligarquía que la más de las veces se enriquece del Estado y del trabajo del pueblo.

Para terminar con los valores del Estado de Bienestar quieren denostar sus valores, los términos que expresan esos valores: “pueblo”, “nación”, “justicia social”, “igualdad de oportunidades” “solidaridad”, “compañerismo”, etc. 

El lenguaje no solo es una forma de decir, es una forma de deconstruir y construir. El neoliberalismo es eso, es una construcción de valores que busca naturalizar el sistema de desigualdades. Justifica toda asimetría en las recompensas con el vocablo “meritocracia”: “el esfuerzo individual es el que marca la diferencia”. En realidad se trata de un darwinismo social en donde vale más pisar las cabezas que tender una mano solidaria. El neoliberalismo no es “él y yo”. Es “él o yo”.

Para reafirmar la fuerza y la valentía individual y exprimir al máximo el capital individual hay que recurrir al “líder” o más, al “coaching” que forme líderes. Mediante esta energía disparada se pretende lograr un emprendedor ambicioso y salvaje que con su aporte contribuirá de manera indirecta a la sociedad. “Si cada uno pone su máximo, la sociedad logrará su máximo” reza un apotegma liberal. Y el que sobresalga será por su propio esfuerzo. Y si algunos (o muchos) quedan excluidos del sistema será porque no hicieron suficientes méritos. El “sálvese quien pueda” es una forma de estructurar el orden. Y el Estado no puede recurrir en auxilio de los excluidos y marginados del mercado, esto sería prostituir el orden natural, eso sería castigar a los “exitosos” del sistema. Sería perjudicar al que logró hacer una empresa de sí mismo y supo venderse en el mercado, único regulador de los méritos.

Todo esfuerzo que no sea capaz de cotizar en el Dios-mercado es un esfuerzo inútil, banal, despreciable. Hasta la cultura o el arte que no buscan resultados económicos son ineficientes.

La individuación del individuo llega a tal punto que se busca lograr un sujeto Dios y esclavo al mismo tiempo, explotado por sí mismo al máximo de su capacidad y resistencia. En este nuevo lenguaje la “igualdad de oportunidades” y cualquier igualdad sistémica, está excluida, la desigualdad se asume y presupone como absolutamente natural.

Los brutales ajustes en las tarifas son llamados: “sinceramiento”; la pérdida de derechos: reforma laboral; el justo reclamo de los trabajadores: “industria del juicio”; la pérdida del salario real: “flexibilización”; el despido: “reforma de la organización”; el endeudamiento: “integración en el mundo”, y así sucesivamente hay toda una construcción lingüística que deforma que renombra que esconde y que por fin: miente.

Hay todo un andamiaje lingüístico que estructura un orden y busca afanosamente legitimarse a sí mismo. Tiene que legitimar la desigualdad que es injusticia. Las palabras no son inocuas ni neutras: nombran, dicen, ponen en valor. Romper con la vieja terminología es parte de romper con el viejo orden (Estado de Bienestar) e imponer las nuevas, es un requisito de sustentabilidad del sistema, del credo funcional y fundamentalista de los intereses del sistema.

Las elites y el establishment tienen una usina para generar, encubrir, las palabras. Aun las más duras hay que disfrazarlas con cascabeles como para que hagan de arlequín.

 

A despertar

 

Es obligación que las masas populares, y especialmente los trabajadores despierten de este letargo y salgan a disputar este nuevo lenguaje que es una nueva forma de dominación.

Un último ejemplo del sistema y su lenguaje perverso: si a una mujer que trabajó 30 años en una casa los empleadores no le hicieron sus aportes y el Estado le reconoce una jubilación menos que mínima le dicen “negra planera”. Si un grupete de especuladores y delincuentes generan una estampida que en unos dos meses le hace perder al país 20.000 millones de dólares le llaman “corrida cambiaria”. Ahí está el origen de las cosas: en cómo les llamamos a las cosas.

Para cambiar el sistema hay que combatir desde la raíz, desde cómo denominan/namos a las cosas.

En el lenguaje está la génesis y la trampa. ¡Es hora de despertar y disputar!