viernes 26 de febrero de 2021

Hablar de las cuentas públicas, del endeudamiento, de la dolarización, de la fuga de divisas o de la devaluación parecen cosas lejanas, ajenas. Parece que son cuestiones que no nos tocan ni tocarán. Pero cuidado, posiblemente sean como los virus que aunque no los veamos los tenemos en el cuerpo y nos pueden llevar al hospital o a algún lado de donde no hay retorno. Veamos.

Para empezar sobre bases objetivas parece oportuno, empezar por el siguiente cuadro:

 

Fecha

Salario mínimo $

En dólares

Dic. 2015

5.580

573

Agosto 2018

9.500

316

 

Es decir, en solo 30 meses los trabajadores perdimos el 45 % del salario en dólares pero veamos, en una economía dolarizada es el 45 % del salario real. Esta es la brutal devaluación de la que los mercenarios disfrazados de periodistas no hablan.  

Los economistas y los formadores de precios, cada vez que quieren justificar una suba justifican en los valores internacionales, por ejemplo de la nafta, o de la energía, que son tal o cual (y lo mencionan en dólares). Y entonces, dicen, hay que ajustarlo a esos valores. Mirada parcial, antojadiza y picaresca porque en paralelo se olvidan el detalle de medir con el mismo patrón el salario de los trabajadores. Ahí ni se les ocurre decir que un trabajador de la minería gana U$S 4.000 dólares o que un trabajador medio gana la mitad de ese valor en dólares.

Es posible que al momento de la publicación de esta nota el dólar, con una dinámica al ritmo de la especulación haya subido más, y que la devaluación del salario real sea más todavía. Con el dólar se verifica que uno de los mitos esgrimidos por el liberalismo como una verdad absoluta e indiscutible es falsa. Según la máxima liberal si aumenta la demanda sube el precio del bien y si la demanda disminuye, baja su precio. Falso de falsedad absoluta. Cuando el dólar empieza la tendencia alcista no baja más a sus niveles de origen. Si baja, son unos centavos y es como para tomar mayor impulso hacia arriba. 

Y como sigue subiendo los grandes especuladores de la economía (los que quieren grandes ganancias en corto plazo) salen excitados a comprar más dólares por lo que la moneda verde sigue subiendo y la economía interna se sigue deteriorando.

Para frenar esa situación, agravada por un déficit incontrolable (o que el gobierno no se decide a controlar) el gobierno recurre al empréstito interno. Cuando los tenedores de las Lebacs se presentan a cobrar las Letras del Central, el banco al no tener la liquidez para pagarlas sube la tasa de interés y renogocia (en este momento están al 52 % anual).

¿De dónde salen los fondos para pagar semejante tasa de interés? de las reservas del Banco Central. ¿Y de dónde salen las reservas? Muy simple, de los impuestos que paga cada uno de los ciudadanos y contribuyentes de este país. Esto es un deterioro incalculable para la moneda nacional y la economía.

 

¿Quién puede soportar tanto?

 

¿Qué economía puede pagar un 52 % anual al que no produce nada?

Cuando el Estado se quedó sin fondos para levantar las Lebacs recurrió al FMI. Es decir, endeudamiento externo para levantar el endeudamiento interno. Y para colmo, no se trata de un préstamo común, es un stand by, un préstamo con grandes condicionamientos de ajustes y baja del gasto público (menos para los asalariados, jubilados y menos para las provincias y sus obras públicas. El cóctel es demasiado complejo y explosivo para creer que puede salir bien.

Está claro que en esta economía perversa hay grandes ganadores y grandes perdedores. Especuladores viviendo del esfuerzo productivo de millones de trabajadores.

El capital que no tiene sangre ni alma, con los dólares en sus manos sigue presionando para seguir elevando el precio del dólar. El capitalismo especulativo no piensa en los dolores sobre los trabajadores. Solo ambiciona más ganancia.

La nueva oligarquía, va a ganar en meses lo que ningún sector de la producción logró en años. Aunque hay que decirlo, en este modelo hay tres grandes sectores que han ganado cifras siderales: el sector financiero (el más especulativo); los sojeros (ganaban con un dólar a $ 9,50, imaginemos a $ 28,5, más del 300 %; y las energéticas producto de la suba de tarifas de más del 1.500 % que pagamos todos los usuarios todos los meses).

En el medio de estas brutales ganancias se producen los blanqueos de los amigos del poder (incluidos los familiares directos del presidente), la fuga de capitales cercana al récord mundial y las cuentas offshore cercanas a otro triste récord.

Por cierto que la prensa rastrera y adicta no dice ni una palabra de este macrodeterioro. Prefieren los micros de dimes y diretes. Para ellos es una lástima que terminó la distracción del Mundial. Ese sí era un buen divertimento.

 

“De la crisis se sale trabajando”

 

El impacto de la devaluación es directo y brutal. No encuentra atenuantes. Suben los insumos importados (autos, motos, computadoras, etc.), suben los precios internacionalizados (naftas, tarifas, etc.), suben los precios de cemento, hierro y todos los productos que no tienen relación con el dólar pero que no quieren perder valor relativo frente a los productos que suben.

Estos (des)manejos provocados o no convirtieron a la Argentina en un inmenso garito para que los rufianes del sistema hagan de la timba el medio de enriquecimiento de una minoría inescrupulosa y el empobrecimiento de una mayoría silenciosa.

Como siempre, las autoridades, el FMI y los mercados le echarán la culpa de esa situación a las leyes laborales “poco flexibles”, a la carga previsional, a los salarios que no son competitivos, a la “industria del juicio”, a los subsidios que todavía queden en servicios públicos, a las jubilaciones de docentes y científicos, a todo lo que sea, en definitiva, derechos básicos de las mayorías populares. Ya lo vivimos en la Argentina del 76 y en la de los 90. Ya conocemos el neoliberalismo y sus artilugios lingüísticos.

Como siempre, el mercado y el establishment recurrirán al consabido discurso que hay que trabajar y no quejarse “Nos tenemos que ajustar todos” dirán (o ya lo dicen). Y de paso quieren poner en offside a los trabajadores que tienen dignidad y reclaman. Ya lo hicieron con algunos dirigentes sindicales (Baradel, Segovia entre otros) y hasta con el mismo papa “es el jefe de los piqueteros kirchneristas” dijo con desparpajo un destacado sinvergüenza a sueldo.

Y frente a la disyuntiva, no faltará el trabajador cándido, desprevenido o imbécil que repita el latiguillo funcional al sistema de especulación: “Yo no paro”.